Enlace al blog de Plenas

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jueves, 11 de abril de 2013

Incierta gloria

Plenas pertenece administrativamente a la comarca de Belchite, pero al encontrarse en el extremo sur, sus límites se difuminan y mantiene una cordial relación con sus pueblos vecinos.
Estos territorios se denominaban en la Guerra Civil, el sector Sur del Ebro. Estuvo en poder republicano durante diecinueve meses, desde agosto de 1936 hasta primeros de marzo de 1938. A lo largo de este periodo hay tres grandes momentos de acción:
– Los primeros días dela guerra, con la toma de la zona por las Columnas anarquistas.
– La ofensiva sobre Zaragoza y la toma de Belchite.
– La batalla de Aragón, cuando las tropas nacionales conquistan todo el territorio.
Muchos fueron los hombres que lucharon sobre este terreno y muchos los que murieron. Algunos dejaron constancia de sus recuerdos de la guerra.
De entre los libros más interesantes, que hay muchos, quiero destacar dos escritos desde cada uno de los bandos y con una mirada crítica:


NO SE FUSILA EN DOMINGO,
de Pablo Uriel
Editorial Pre-textos 2005
ISBN 84-8191-703-6
INCIERTA GLORIA
De Joan Sales
Traducción de Carlos Pujol
Editorial Planeta.S.A. 2005
ISBN 84-08-05562-3

Incierta gloria de Joan Sales i Vallès(1912-1983):
Dicen los entendidos que quizá se trate de la mayor novela española de la Guerra Civil y que posee la amplitud de visión de la narración clásica y el oblicuo refinamiento de la narrativa europea posterior a Conrad y James. Como otras novelas del siglo XX, Incierta gloria consiste en una gran pregunta. Interroga dos conflictos a la vez, la revolución de la retaguardia y el choque convencional del frente. (...)Una mujer y tres hombres enamorados de ella. Y todos, como el país entero, envueltos en el torbellino de la guerra civil. Hay un momento de la vida en que parece que despertamos de un sueño: hemos dejado de ser jóvenes. ¿Pero qué era, ser jóvenes? Una tempestad tenebrosa atravesada por relámpagos de gloria –de incierta gloria–, en un día de abril. Un afán oscuro nos mueve durante aquellos años atormentados y difíciles; buscamos, conscientemente o no, una gloria que no sabríamos definir. La buscamos en muchas cosas, pero sobre todo en el amor –y en la guerra si ésta se nos cruza en el camino–.
De este último libro transcribimos unos párrafos en lo que habla de nuestro pueblo, que es denominado aquí LOMILLAS. Se basa en las cartas que escribió a Marius Torres:

Santa Espina es Santa Cruz de Nogueras
Villar es Villar de los Navarros
Castelforte es Monforte
Lomillas es Plenas
Malluelo es Moyuela

TERCERA PARTE
Capítulo IX
Pág. 474

(…) Me quedé a dormir en Santa Espina.
Al día siguiente, poco antes de las primeras luces del alba, me despertó un estrépito infernal. Era el 9 de marzo de 1938.
La artillería enemiga había abierto un fuego general sobre todo el “frente muerto” ocupado por nuestra brigada y las brigadas que había a muestro norte y a nuestro sur. Al menos eso es lo que me pareció comprender a simple vista desde uno de los observatorios; Picó, que apenas había dormido aquella noche, pasada en preparativos y en telefonazos a la comandancia del batallón, había hecho cargar las ametralladoras sobre los mulos y había ido a ocupar las posiciones de la cresta de la montaña junto con toda la compañía. A mí me había encargado que durmiera y que al amanecer bajara a Villar para reunirme con mi teniente; pero en vez de emprender el camino de Villar, yo había tomado el de las posiciones.
Me lo encontré en una de las alturas que llamábamos observatorios; desde allí veíamos una hilera de explosiones a lo largo de la línea sinuosa que formaban las avanzadas republicanas, hasta muy lejos hacia el norte y hacia el sur; era hacia el sur donde el bombardeo de artillería se hacía más denso, doblado por el de las escuadrillas de aviones que pasaban y repasaban cada vez más numerosas a medida que avanzaba el día.
—Eso cae sobre la brigada de los pies planos- me dijo con una voz rara; no llevaba la dentadura.
Una hora después llegó el comandante y se puso a observar con sus grandes prismáticos aquel bombardeo masivo de que era objeto la brigada de los pies planos; el médico y varios sargentos y soldados de la plana mayor le seguían. De momento no había caído ni una granada en las trincheras de nuestro batallón, como si las hubieran olvidado; veíamos aquella línea sinuosa de humo y polvareda y oíamos retumbar como si aquello no nos afectase.
Nuestros soldados llamaban “la loca” a una artillería ultrarrápida, nueva en aquella época, de la que el enemigo empezaba a estar provisto; de no mucho calibre, pero de una cadencia casi comparable a la de las ametralladoras. Huelga decir que después de haber arrasado las estacadas y parapetos de la brigada de los pies planos, “la loca” y los aviones se dispusieron a arrasar los nuestros. Bombas y granadas caían como granizo sobre las trincheras; en diversos lugares éstas se desmoronaban, y los soldados supervivientes huían cubiertos de tierra. Los aviones volaban muy bajo –no teníamos, antiaéreos de ninguna clase– descargando sobre nosotros rosarios de pequeñas bombas, mientras las granadas rompedoras de la artillería pesada hacían saltar por los aires sacos de tierra y estacas. Antes del mediodía el trabajo había terminado.
Las fortificaciones habían sido totalmente destruidas, los parapetos pulverizados, los nidos de ametralladoras volados por las rompedoras y las bombas. Los nuestros resistían aún sobre el terreno, protegiéndose detrás de lo que podían: troncos de árboles, rocas, sacos de tierra desparramados. Creían que cuando cesara aquella infernal preparación artillera y la infantería enemiga hiciera por fin su aparición, podrían rechazarla fácilmente con las bombas de mano. ¡La habían rechazado tantas veces en el pasado sin otros elementos!
Ahora los fuegos de “la loca” y las escuadrillas de bombarderos se desplazaban hacia nuestro norte; bombas y granadas dejaban de caer sobre nosotros de un modo casi súbito. Era aquel silencio que precede a la aparición de la infantería enemiga al asalto; había que aprovechar aquella pausa para recoger a los heridos. En esto estábamos el médico, los camilleros y yo cuando apareció el enemigo.
Pero venía precedido de tanques. Una masa de tanquetas de montaña protegía el avance de la infantería; en aquella época nosotros no sabíamos  que existiesen tanques tan ligeros, capaces de escalar montañas. Su aparición fue para nosotros una sorpresa total.
Y la desbandada…
Yo corría como los otros. Había un olor excitante a bosque húmedo, a sudor y a pólvora. Grupos de fusileros-granaderos huían por todas partes en desorden. Alguien a mi lado gritaba: “Un obús se le ha llevado la cabeza”, otro: “¿Has visto cuántos tanques?” Yo había perdido de vista al médico; me había extraviado y ahora no sabía por dónde debían andar el médico, los camilleros y los heridos; era un desorden espantoso, una pesadilla sin pies ni cabeza. Me senté, dominado por un deseo de llorar; porque pensaba en uno de los heridos abandonados que llamaba a gritos a su madre.
Un tanque muy pequeño apareció de pronto ante mí; debía ser una de aquellas tanquetas que se habían adelantado mucho a las demás, quizás iba extraviada por aquellos bosques. Recorría la pequeña cresta que yo tenía ante los ojos como una oruga por la arista de una rama, muy poco a poco; yo la miraba como fascinado. Resultaba tan extraña en aquel paraje; insólita como un tranvía. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba solo; solos yo y el blindado. A mi derecha, en un hoyo del terreno, un gran almendro florido estallaba de blancura; el tanque disparó con su cañón de juguete y el proyectil rasante arrancó una mata de romero a mis pies para ir a estallar mucho mas lejos. La tanqueta estaba a un centenar de pasos; me puse a correr.
Corrí mucho, corrí hasta que me faltó el aliento. Entonces me dejé caer sobre la hierba.
—Ya ves como huyen –dijo alguien a mi espalda–. Son los tanques los que han sembrado el pánico.¿Y que importancia tienen? ¡Máquinas, nada más que máquinas! Con un poco de sangre fría las hubierais volcado, poniéndoles bombas de mano debajo de las transmisiones. Si hubiera más cultura…
Sin la dentadura postiza, tenía una cara como de viejo campesino cazurro; llenaba tranquilamente la pipa. Entonces vi los mulos en el fondo de un barranco, con las ametralladoras ya puestas sobre los bastes.
—En la cresta no queda ni un alma –añadió después de lanzar unas chupadas–. No quedan más que los fiambres. Los fusileros no nos cubren; se las han pirado en desorden.¡Sálvese quien pueda! ¡Bah! Hay que establecer contacto con el comandante, suponiendo que…
En aquel momento vimos de nuevo los blindados; habían surgido seis o siete de pronto y se destacaban contra el cielo. Abrieron fuego contra la columna de mulos; había que retirarse.
Encontrar al comandante… Eso no era fácil. Parecía que al batallón, desbandado, se lo hubiera tragado la tierra. Caminamos horas enteras, hombres y mulos, sin encontrar a nadie. Horas y más horas. La noche iba ya a caer cuando cerca de un pueblo llamado Castelforte oímos un murmullo que salía de una cueva; hubiérase dicho una comunidad de monjes que rezaba el rosario.
            Dentro encontramos al comandante. Estaba sentado en tierra, rodeado del médico y de los soldados de la plana mayor; un candil iluminaba aquella curiosa escena. Muy curiosa, ya que en efecto estaban rezando el rosario, mientras a lo lejos, hacia el norte, seguía oyéndose sin cesar el retumbar sordo e interminable del cañoneo.
            —¿Sabéis decir ora pro nobis? –nos soltó el comandante a modo de saludo; y sin esperar nuestra respuesta continuó la letanía en voz muy alta.
            Picó me hizo salir fuera de la cueva; no decía nada, pero se le veía irritadísimo. Me llevó hasta  la cima de una pequeña loma, desde donde veíamos a lo lejos, en dirección al sur, una línea de polvo que no era la del cañoneo y que debía tener siete u ocho kilómetros de largo. Con mi telescopio llegué a distinguir, con las últimas luces de aquel crepúsculo, una columna motorizada dentro de aquella nube de polvo que la claridad agonizante convertía en una fantástica aureola.
            Era un interminable convoy de camiones cargados de tropa; a aquella distancia parecían pequeños como de juguete y llenos de soldados de plomo. Avanzaban muy lentamente.
            —Esta penetración tan audaz les podría costar muy cara si nuestras brigadas fuesen capaces de actuar de acuerdo con un plan conjunto; ¡sería tan fácil cortarles la retirada! Pero ya lo has visto, borrachos perdidos…
          Desde la entrada de la cueva, el comandante nos gritó:
           —Orden de la división, ¡hacia Lomillas!
            Porque la línea telefónica de campaña aún funcionaba en aquel momento y por ella seguíamos manteniendo contacto con la división. Se trataba de un pueblo de la retaguardia, bastante alejado, adonde llegamos de un solo tirón.
            Acabábamos de dormirnos profundamente cuando el toque de diana nos sobresaltó. El comandante Rosich, que quería hacer cavar una trinchera antes de que amaneciese, subió al campanario del pueblo para formarse una idea dela topografía del lugar; el médico y dos de los escribientes de la plana mayor le acompañaban: los cuatro, comandante, médico y escribientes, apestaban a ron y hablaban y gesticulaban con un aire excitado.
            Yo me quedé con Picó, que buscaba un lugar a propósito para emplazar las ametralladoras. El sol empezaba a salir; ante nosotros se extendía una llanura y al fondo en aquel momento se levantaba una nube de polvo.
            —La caballería –dijo Picó, que miraba con sus prismáticos–. Si nos da tiempo de emplazar las máquinas, la segaríamos, ¡algo primoroso!
            Empezó a dar órdenes; ya era demasiado tarde. La caballería mora había tomado el paso de carga; veíamos perfectamente que eran moros, hasta sin prismáticos. Los nuestros huían otra vez; todo eran gritos, polvareda, confusión, órdenes contradictorias. Grupos de soldados pasaban ante nosotros una y otra vez y ya no sabíamos si eran nuestros o enemigos. Yo hubiera echado a correr, como todos, de no ser por la presencia de Picó, queme contagiaba su inalterable tranquilidad. Hacía cargar otra vez las ametralladoras sobre los mulos, como si sólo le preocupara la obsesión de no perder ni una de sus máquinas.
            De nuevo nos encontrábamos sin saber dónde estaba el comandante; Picó y yo marchábamos a la cabeza de la columna de mulos y nos decimos que no era verosímil que se hubiese quedado en lo alto del campanario, ya que desde arriba había tenido que ver forzosamente a tiempo a la caballería mora. Picó, tranquilo y socarrón, se dejaba guiar por el instinto: descubrió un barranco estrecho y hondo por donde pudimos escurrirnos lejos de Lomillas “a cubierto de de las vistas y de los fuegos”. Pelotones dispersos de fusileros-granaderos se nos iban agregando; nos decían, incoherentes y excitadísimos: “Nos han matado al teniente”, o bien “nos han copado”, o bien “no ha quedado ni uno para contarlo”. Picó se lo tomaba todo con calma: “Si os hubieran copado, ahora no estaríais aquí.” Oía las noticias más desastrosas que nos daban aquellos fugitivos como si ya las conociera, incluso como si formaran parte de sus planes. Daba órdenes breves en el tono más natural del mundo, y al verle y oirle hubiérase dicho que todo aquello estaba previsto desde hacía mucho tiempo, que nada le cogía por sorpresa. Su tranquilidad era contagiosa; aquellas bandas que íbamos encontrando extraviadas y presas de pánico se transformaban en grupos disciplinados y confiados sólo con verle y oírle. Se dejaban regañar por él como niños por el maestro de escuela, y se iban añadiendo a nuestra columna que de este modo aumentaba de hora en hora. Un batallón dislocado por el pánico es algo tan confuso como aquellos sueños agobiantes en los que nos debatimos cuando tenemos cuarenta de fiebre;poco a poco Picó conseguía poner un poco de coherencia en aquel caos. Su instinto no le había engañado, no le engañaba nunca: aquel barranco era en efecto larguísimo, en modo alguno un callejón sin salida como yo me había temido; era un verdadero camino cubierto, tal como él presentía. Al llegar a cierto lugar, repartió los hombres que nos seguían, y que podían ser un centenar, y emplazó las ametralladoras:
            —Hay que descansar un poco, ya hace doce horas que andamos y la noche pasada no dormimos. Pero el descanso hay que ganárselo.
            El enemigo, efectivamente, no tardó mucho en asomar la cabeza. De todos modos, no debía ser más que una patrulla de exploración, ya que bastó con una escaramuza, un pequeño concierto a cargo de las ametralladoras, para que desapareciese y nos dejara descansar unas horas.
            Picó quería continuar la retirada apenas apuntase el día.
            —Encontraremos al comandante en Malluelo –me dijo–; es forzoso  que allí se hayan concentrado las demás fuerzas del batallón.
            En Malluelo no había ni un alma, ni militar ni civil. Una confusa balumba de objetos lanzados en mitad de la calle –entre ellos, enorme y sorprendente, una pianola eléctrica–, las casas vacías y abiertas de par en par. Mientras las registrábamos, con la esperanza de encontrar comestibles, varios obuses de grueso calibre empezaron a caer sobre el pueblo; las casas, mas bien modestas, saltaban por los aires. Picó dio orden de evacuarlo, a pesar de las protestas de los soldados, que, atenazados por el hambre, querían seguir revolviendo las despensas.
            Cuando ya dejábamos las últimas casas, uno muy desharrapado y con cara de loco salió de un corral y fue a echarse a los pies de Picó:
            —¡Capitán, alabado sea Dios! –gritaba–.¡Por fin, caras conocidas! Estaba escondido aquí, enterrado en el estiércol….
            Era uno de los escribientes de la plana mayor que habían subido con el comandante al campanario de Lomillas.
            —¿Y el comandante? –preguntó Picó.
            —¡Se acabó!
            —¿Se acabó? ¿Qué quieres decir?
            —¡Liquidado!
            Se rascaba frenéticamente como si hubiese pillado una brigada entera de chinches y de garrapatas en el estercolero de aquel corral.
            —¿Liquidado? ¡Explícate de una vez! ¿De quién hablas?
            —De él, ¡del comandante!
            —Que te den morcilla- replicó Picó, que no podía sufrir a los escribientes y menos a aquel, un sargento que en otros tiempos había sido uno de los puntales de la “república del biberón”; el hombre tenía aire de perturbado, estaba muy colorado y la barba de varios días era negra y erizada.
            —Nos coparon, rodearon el pueblo –iba diciendo a gritos, excitadísimo–. El pueblo de Lomillas, ya sabéis el que quiero decir. La caballería, ya sabéis cuál, la caballería mora, qué hijos de la gran puta… Estábamos en lo alto del campanario, ¡que fregado! ¡Que porquería! El otro escribiente y yo nos habíamos  echado al suelo, pero el comandante asoma la cabeza por el arco y tiraba con la pistola; el médico también. Desde abajo los otros respondían con mauseres y las balas rebotaban en las campanas, ¡parecía que repicasen para la fiesta mayor!
           —¿Y el comandante?
           —Enseguida acabó las municiones.
           —¿Y qué?
            —Se puso de pie sobre el pretil –en este momento el hombre consiguió arrancarse una gruesa garrapata de su peludo pecho–; se encaramó agarrándose al badajo de la campana y–
            En este momento un ataque de risa le impidió seguir hablando; se retorcía de risa y hasta se le caían las lágrimas.
            —¿Te parece que es cosa de risa, imbécil?
            A pesar de los denuestos de Picó, el otro no conseguía contener su risa convulsiva; apenas pudo articular estas palabras:
            —Cosecha de 1902.
            Picó me miraba llevándose el dedo a la frente.
            —¿Cosecha de 1902? ¿A que viene eso ahora?
            -¡Sauternes, capitán! ¡Sauternes de la cosecha de 1902! ¡Se lo juro! Como había terminado las balas… Gritaba: “De lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos os contemplan”, hasta que se desplomó sujetándose el vientre con las manos.
            Picó me miró otra vez en silencio.
            —¿Y el médico?
            —De él no sé nada, se quedó allí arriba. Entre él y el comandante se habían mamado una botella de ron para desayunar; un obús estalló entre las campanas cuando ya el otro escribiente y yo nos habíamos escabullido a gatas por la escalera de caracol hasta la sacristía; allí nos escondimos en el armario de las hostias…
            —No digas más gansadas.
            Durante noches y más noches, atravesando pueblos y más pueblos desiertos, todo lo que quedaba del cuarto batallón se retiró siguiendo al capitán de la metralla. (…)

martes, 9 de abril de 2013

Dedicación de cierre de tienda

Cierre de tienda dedicado "quienes han propiciado esta situación". Se encuentra en la zaragozana calle San Vicente Mártir, junto al paseo de las Damas.



Manuela Sancho en Aragón Radio en el 150 aniversario de su muerte

A partir del minuto 41:22 se puede escuchar una pequeña charla sobre Manuela Sancho Bonafonte,  coincidiendo con el 150 aniversario de su fallecimiento y realizada en el programa "Escúchate" de Aragón Radio dirigido por Javier Vázquez y José Ramón Marcuello:

http://www.aragonradio2.com/podcast/emision/76922/

Algunas fotos de la audición.

Ángel S. Tomás e Ignacio Navarro
Javier Vázquez, Ángel, Ignacio y José Ramón Marcuello

lunes, 8 de abril de 2013

Visitar el pueblo viejo de Belchite cuesta seis euros desde marzo


Desde marzoVisitar el pueblo viejo de Belchite cuesta seis euros desde marzo
M. T. F. Zaragoza|09/04/2013 a las 06:00  
El ayuntamiento ha decidido prohibir el acceso libre al conjunto histórico, que solo se podrá visitar contratando el servicio de visitas establecido.

Visitar Belchite Viejo a cualquier hora y sin ningún tipo de control ha pasado a la Historia. El Ayuntamiento de la localidad zaragozana ha decidido vigilar de cerca las visitas al conjunto histórico a través de un programa de visitas guiadas. Contratar este servicio, que tiene un coste de 6 euros por persona, es requisito imprescindible para el que quiera visitar lo que la Guerra Civil dejó del pueblo desde hace aproximadamente dos semanas.
La propuesta del Ayuntamiento belchitano (PSOE) de racionalizar todo lo relativo al pueblo viejo ha tardado en gestarse meses y cuando llegó al pleno del Consistorio recibió el apoyo de todos los partidos con representación.Hemos tenido suerte de que en estos años no haya pasado nada. Se han cometido muchas imprudencias y las cosas no podían continuar así”, ha explicado Juan Antonio Antón, concejal de Turismo de Belchite. Acceso a zonas con peligro de derrumbes, destrozos en el patrimonio o expolio de los restos son algunas de las circunstancias que se daban en el viejo Belchite y que han llevado al Ayuntamiento a tomar medidas con todo lo relacionado con el conjunto histórico.  Para atestiguar la cantidad de comportamientos irresponsables, a modo de dato, el concejal belchitano ha referido que durante la adecuación del conjunto histórico se ha recogido hasta una tonelada de basura.

Una valla
El Consistorio ha vallado el perímetro del pueblo viejo -- se trata de un valla disuasoria en el que con carteles se advierte de la prohibición de sobrepasarlo, según ha señalado Antón -- y ha instalado una puerta en el Arco de la Villa. Se trata de una reproducción en madera de una puerta del siglo XVIII, la que se cree que había hace años, aunque no hay constancia gráfica.
Quienes quieran acceder al viejo Belchite deben ahora concertar una cita previa a través de una web habilitada por el Consistorio zaragozano al efecto o por teléfono. De lunes a viernes se han establecido dos horarios de visita cada día (a las 12.00 y a las 17.00 en horario de verano) y cuatro los fines de semana y festivos (10.30, 12.30, 16.00 y 18.00). Los guías encargados de la visita, cuya duración aproximada es de una hora y 15 minutos, son todos naturales del pueblo, algo que enriquece la actividad, según Antón, y que además ha ayudado a reducir la tasa de paro en la localidad. A lo largo del recorrido se han instalado cinco audioguías en cuatro idiomas (inglés, francés y alemán, además de castellano) con relatos muy cuidados sobre todo lo que paso en Belchite.

Sin ayudas públicas para Belchite
Otro de los motivos que ha llevado al Ayuntamiento de Belchite a restringir las visitas ha sido la necesidad de conseguir dinero para invertir en la restauración de los edificios, ante la falta de ayudas de otros organismos públicos aragoneses y estatales. 
Parte del dinero recaudado con las entradas irá destinado a evitar situaciones como la ocurrida en el año 2002, cuando la parte superior de la Torre del Reloj se desprendió y hubo que intervenir de manera urgente para que la torre mudéjar, declarada Patrimonio de la Humanidad, no se viniera abajo. Otra parte se destinará a poner en marcha cinco proyectos turísticos en total. El primero ha sido la actuación sobre el viejo Belchite. “No queremos que las decisiones que ya hemos tomado se queden aquí. Queremos hacer un turismo sostenible en el tiempo”, ha indicado Antón.  Esta primera fase de actuación concluirá a finales de este verano,cuando se ponga en marcha un hotel en Belchite, para dar cobijo a todos aquellos turistas interesados en conocer a fondo la historia del pueblo.  El segundo proyecto, según ha adelantado Antón, consistirá en la creación de un laberinto que pretende servir como una metáfora del camino que deben de seguir los hombres. Los pasillos de la instalación invitarán a reflexionar y estarán llenos de objetos y actuaciones artísticas. “Los caminos a izquierdas y derechas no llevarán a ningún lado, solo se podrá salir del laberinto tomando los caminos del centro”, ha explicado el concejal de Turismo. Este proyecto se encuentra en fase de estudio y será un realidad en los próximos meses.
Heraldo de Aragón Digital, martes 9 de abril de 2013

miércoles, 3 de abril de 2013

Joan Sales. Cartas a Marius Torres

Ponemos en este blog una carta que escribió Joan Sales en la que narra la emocionante huida de los milicianos y su paso por Plenas. Me parece muy interesante.
En ella nombra al comandante Domínguez, que junto con otros oficiales subió a la torre de Plenas. Fue hecho prisionero por las tropas franquistas y fusilado allí mismo.

En esta página http://www.lletres.net/sales/cmt/  van publicando las cartas de Joan Sales. Todavía no han publicado la 131 que es la que pongo aquí, pero en las otras hay preciosos detalles de poblaciones, paisajes y gentes de Aragón, y de los pueblos cercanos a Plenas: Fuendetodos, Santa Cruz de Nogueras, etc.

Joan Sales
Cartes a Marius Torres
La traducción la he realizado yo y tal vez no sea demasiado exacta, pero la idea está.

Carta 131
Viernes, 25 de marzo de 1938
Estimados amigos Mercé y Marius:
Perdonad que os escriba una sola carta para los dos, y además en un tono lo mas impersonal posible, para haceros  un resumen de las vicisitudes que nos han ido cayendo encima desde la última  que os escribí, hace mas de un mes. Confío que pronto os podré enviar una a cada uno como en los buenos tiempos; de momento se trata de daros noticias mías para no dejaros mas tiempo sin ellas. Envío a la Nuri una carta igual a esta.
A finales del pasado mes de febrero, o sea hace unos treinta días, el comandante de la división me dio orden de asistir a un cursillo de ampliación de estudios, para tenientes propuestos al ascenso a capitanes, que tenía lugar en la “muy leal villa de Lécera”. Acabado aquel cursillo tuve ocasión de pasar cuatro días justos en Barcelona con las Nuris, de estrangis (“teniente  que merece permiso, si no se lo dan se lo toma”), volviendo a dejar la paz profunda que reinaba en el frente y contando con la benevolencia de mis superiores inmediatos; incluso me acerqué un momento a la oficina de enseñanza del catalán con la esperanza de ver a Esperanza, pero aquel día no estaba.
El 7 de marzo emprendía temprano el viaje donde estaba el batallón, al cual me incorporé el día 8 ya oscureciendo. Allí me esperaban vuestras cartas; me dormi leyéndolas. Perdonadme, pero es que estaba muerto de sueño.
Me despertó un estrépito infernal. Era el 9 de marzo, al amanecer, apenas clareaba. La artillería enemiga había abierto inesperadamente fuego general e intensísimo sobre el frente ocupado por nuestra brigada y las dos vecinas  al norte y al sur. Aproximadamente a mediodía, todas nuestras fortificaciones, hechas con tantos sudores a lo largo del invierno, habían sido destruidas, los parapetos arrasados, volados los nidos de ametralladoras, deshechas las alambradas. La infantería enemiga avanzaba protegida por masas de tanques de montaña, que nosotros no habíamos visto nunca ni teníamos idea que existiesen; unas tanquetas capaces de subir pendientes pronunciadas  como si nada. Nosotros habíamos improvisado unas segundas fortificaciones, desde las cuales nos defendíamos como podíamos, cuando al día siguiente, día 10, el comandante  superior ordenaba que nos replegásemos a Monforte primero y después a Plenas.
Casi al mismo tiempo que nosotros  llegaba a Plenas la caballería mora y no dándonos tiempo a fortificar nos obligaba a replegarnos a Moyuela. Cuando hemos llegado, el comandante  superior ya había decidido  evacuar el pueblo, de manera que sin pararnos ni a descansar proseguimos la caminata hasta Moneva; encontramos la villa ya abandonada y con los almacenes  de nuestra intendencia ardiendo a fin de que los víveres  no cayesen en poder del enemigo. Las órdenes eran continuar la  retirada general hasta  las Ventas de Muniesa; allí nuestro batallón –lo que quedaba– estuvo a punto de ser rodeado  y hecho prisionero. Para evitarlo nos replegamos hacia Lécera, la misma “muy leal villa”  donde días antes yo asistía tranquilamente al cursillo de perfeccionamiento con vistas a mi ascenso a capitán.Si vais siguiendo todo esto que os digo sobre un mapa de Aragón, iréis comprendiendo la magnitud del desastre. ¡Y no era más que el comienzo!
Hacíamos las caminatas, sobretodo, de noche; cuando llegamos a Lécera, empezaba a clarear. Dormimos en unos pajares unas escasas horas, rendidos de hambre y de sueño, para retomar la retirada hacia la villa de Albalate del Arzobispo,donde acampamos en unas colinas de la ribera oriental del Martín –la villa se alza en la occidental– que nos iban bien para hacernos allí fuertes con poco trabajo. Era la mañana del día 11. Desde el primer momento la aviación enemiga no había dejado de  perseguirnos; parecía un enjambre de moscas que no te puedes quitar de encima. Mantuvimos aquellas improvisadas posiciones  hasta el 12 por la tarde, en que los tanques enemigos entraban en Lécera. Ya no eran tanquetas  de montaña, sino tanques de muchas toneladas que avanzaban en formación. Quizás todavía no os había explicado nunca que nosotros no teníamos ni habíamos visto nunca ninguno en toda la guerra; justo es decir que hasta esta ofensiva no habíamos visto tampoco que el enemigo tuviera tantos. Esta masa de tanques y una artillería nueva, también desconocida para nosotros, que nuestros soldados van a bautizar “la loca” porque tiraba granadas rompedoras de pequeño calibre a ritmo de ametralladora, habían sido para nosotros una sorpresa total añadiéndose a una ofensiva de proporciones monstruosas que ninguno esperaba.
Los tanques, después de ocupar la villa, se dispusieron a pasar el puente-que no había sido volado por los ingenieros, tal era el desorden de la retirada de nuestro ejército-, al mismo tiempo que una espesa nube de aviones de bombardeo y de caza venía hacia nosotros. Apareció entonces, por primera vez desde el comienzo de la ofensiva enemiga, una escuadrilla de cazas de la República, que con una temeridad que nos dejaba helados de admiración, les plantó cara y los mantuvo distraídos el tiempo necesario para que nosotros, cumpliendo órdenes superiores, pudiésemos desaparecer disciplinadamente por un barranco estrecho y hondo en dirección este. Tras esta exitosa maniobra, la escuadrilla republicana huyó a una velocidad vertiginosa y la nube de bombarderos pudo descargar  sobre las posiciones donde momentos antes estábamos nosotros. El estrépito y la negra columna de polvo ponían los pelos de punta pero lo mirábamos tranquilos desde cierta distancia, sabiendo que allá ya no quedaba ninguno de los nuestros. Bien pronto nos protegía el mejor de los camuflajes, la oscuridad de la noche, y vamos a caminar hasta que el alba despuntaba, ya nos encontró pasando el Guadalope por un vado a la altura de Castelserás. Si habéis ido siguiendo en un mapa, comprenderéis que significaba todo eso y cuales podrían se nuestros sentimientos mientras hacíamos estas  marchas.
Por la tarde llegamos a Valjunquera, donde ya se habla el catalán. Nuestros primeros soldados, los de las patrullas  de reconocimiento que van delante del grueso de la tropa en marcha, oían que los paisanos hablaban catalán venían corriendo para decírnoslo como una gran noticia. Lo era; eso solo ya nos daba una idea de  la reculada que habíamos hecho. Algunos lloraban.En otras circunstancias  oír hablar catalán nos habría dado mucha alegría; ahora significaba la próxima invasión de nuestra tierra si Dios no ponía remedio.
La guerra, que hasta ahora se había mantenido alejada, ahora llegaría con todos sus horrores.Ya no nos quedaba ninguna duda que el Ejército del Este –el de Cataluña– había quedado deshecho; los restos de nuestro batallón, que el capitán Gordó mantenía agrupados  a su alrededor, habían perdido todo contacto con las otras unidades. Durante los últimos días habíamos hecho inacabables caminatas a través de un pais desierto sin encontrar ni rastro; reducidos a un centenar de hombres, y sin tener ni idea adonde paraba el mando, no podíamos hacer sino lo que hacíamos: seguir disciplinadamente al capitán Gordó, que trataba de reencontrar otras fuerzas de nuestro ejército, y repeler las patrullas de exploración del enemigo cuando se nos presentaban. Por el contacto frecuente con sus patrullas sabíamos que entre nosotros y ellos no había nada; éramos las últimas fuerzas catalanas del sector. No teníamos mapas del Estado Mayor del país que atravesábamos ni la menor idea de la situación de los frentes; pero nuestro capitán nos guió con un poco de instinto en todo momento, que supo llevarnos a Valjunquera y evitar que el enemigo nos rodeara.
Allí comimos y dormimos y al día siguiente, día 14, proseguimos la triste marcha hacia la ribera oriental del Matarraña, cerca de La Torre del Compte, donde pasamos el día camuflados en unos grandes cañaverales tocando el mismo río. Después, ya el día 15, con otra marcha llegamos a las inmediaciones de Gandesa, donde por fin encontramos otras fuerzas de nuestro ejército. Allí vamos a reposar un par de días. Estábamos, ya no solamente en tierra de lengua catalana, sino en pleno Principado; el derrumbe del frente de Aragón era completo. El 17 bajábamos hacia Pauls, donde hicimos otro reposo de tres o cuatro días en un bellísimo lugar del término donde se alza  una ermita toda blanca consagrada al glorioso San Roque. Después, ya en camiones, nos llevaron a Tortosa y por la tarde embarcábamos en un tren especial, que es el que nos ha llevado donde estamos después de veinticuatro horas de trayecto a través de Tarragona, Reus, Valls, Montblanc, les Borges Blanques y Lleida. La razón de la lentitud del tren era el peligro de la aviación enemiga, que pasaba y volvía a pasar, obligándole a hacer largas paradas en los túneles, y el desorden de toda la zona causada por el desastre militar.
Ahora nos encontramos en una villa  de la parte de Aragón que hemos podido reocupar gracias a la contraofensiva; en esta villa se habla castellano (aunténtico castellano, no aragonés), pero se encuentra en medio del Aragón catalán, como un islote, porque habiendo sido arrasada durante la guerra de los Segadores fue después repoblada con gente venida de Castilla. Como no hay otro de estas características os será fácil saber donde estoy. Estamos contentos y animados porque el Ejército del Este se está rehaciendo deprisa. Hemos tenido relativamente pocas bajas si bien muy sensibles: el general jefe del Ejército ha felicitado a nuestra brigada y, si bien sus elogios nos producen mas bien vergüenza ya que no hemos hecho demasiado para merecerlo, esperemos hacerlo mejor la próxima vez.
Las bajas más sentidas han sido el comandante Domínguez, jefe de nuestro batallón, y el comandante Invernón, jefe de nuestra brigada; que Dios los tenga en la gloria.
Ahora se ha de reorganizar  la brigada y desaparecerá nuestro batallón, de manera que la compañía de ametralladoras pasa a depender directamente de aquella; cuando escribáis  poned la misma dirección de siempre pero omitiendo el batallón.
Otra noticia triste: he sabido  que Enrique Usall, a quien recordareis de cuando íbamos a comer juntos en el sanatorio, murió el 7 de enero en los combates de Teruel. No lo he sabido hasta hace unos pocos días, por un compañero que se encontraba allí. Que Dios lo tenga en la gloria como a nuestros comandantes y todos los muertos de estas batallas, de un campo y de otro.
Solo he querido haceros un sumario impersonal de los principales acontecimientos; para explicaroslos con detalle sería necesario escribir un libro. Supongo que Víctor ya lo habrá hecho por su parte con Marius. Ahora está aquí, sano y bueno y animadísimo. El capitán Gordó ha sido el alma de la retirada de lo que quedaba  del cuarto batallón; cuando nuestra moral flaqueaba, nos animaba con noticias fantásticas para levantárnosla. Una vez hizo creer  a los soldados que Francia acababa de enviar toda una división de senegaleses (tal como lo oí) para reforzar nuestro frente; otro día era todo un barco ruso, cargado de cañones y ametralladoras, que acababa de llegar –según el– al puerto de Barcelona
Las mentiras que hemos recibido han sido fenomenales pero el frente se ha rehecho y la moral vuelve a ser alta entre “jefes, oficiales, clases y soldados” como decimos en nuestra jerga. Teniendo en cuenta la monstruosa  desproporción de fuerzas, creo sinceramente que en todo  momento se ha salvado el honor ya que no el humor. Este es en verdad difícil de conservar en tales circunstancias; apenas ahora comienza a levantar cabeza de nuevo.
Si queréis pasar el rato  recorriendo en el mapa la caminata más grande de mi vida, aquí va el itinerario:
De Monforte a Plenas y a Moyuela siguiendo el cauce del arroyo que pasa por los tres pueblos.
De Moyuela a Ventas de Muniesa, Lécera y Albalate del Arzobispo por la carretera.
De Albalate, pasando el Martín, a Castelserás, asado el Guadalope, por la derecha, siguiendo siempre hacia oriente con una ligera desviación hacia el sur. Todo el camino, que hacíamos de noche, teníamos delante de los ojos los signos del Zodiaco que, como para darnos el azimut de marcha, iban naciendo el uno detrás del otro en el transcurso de la caminata: Leo, Virgo, Libra y Escorpio.
De Castelserás  a Valjunquera y Torre del Compte, donde pasamos el Matarraña, por la carretera; y de aquí a Gandesa, unas veces por carretera y otras campo a través.
Y nada más. Ya os escribiré otro día con más calma.

Añadido en 1948
El desastre era mayor  del que dejaba entrever la carta; por no hacer derrotismo nos absteníamos tanto como podíamos de dejar traslucir su magnitud. Las bajas  habían sido tantas entre muertos , heridos y prisioneros que era por eso que se liquidaba, como otros, el batallón 524; con lo que quedábamos no había  apenas para constituir una compañía.
Antes había ocurrido la terrible  historia de la batalla de Teruel, la más mortífera de toda la guerra hasta entonces, llevada a cabo, además , en pleno invierno en una comarca donde el frío es cruel. Tanto sacrifico había resultado inútil ya que en definitiva los franquistas, con la contraofensiva, habían recuperado la ciudad y su territorio; pocas cosas pueden desmoralizar tanto un ejército como que se le obligue a un esfuerzo supremo para quedar en nada. En Teruel habían quedado destrozadas muchas unidades catalanas y valencianas que, sin aquella batalla, habrían podido sostener el frente cuando el enemigo a su vez emprende la ofensiva general; el mecanismo se repetiría después en la Batalla del Ebro, seguida de la ofensiva general franquista contra lo que quedaba de Cataluña. Dada nuestra inferioridad en armamento, comandantes y disciplina, era suicida emprender ofensivas de tanta envergadura como las de Teruel y el Ebro; deberíamos habernos mantenido a la defensiva y evitar los combates tanto como fuera posible.  Había por parte del alto mando republicano una especie de amor propio malentendido, que le lanzaba a unas ofensivas desmesuradas, unas “fuerzas de flaqueza” sin otro resultado que la pérdida espeluznante de hombres y de material. A causa de esta debilidad ( la desmoralización subsiguiente a la batalla de Teruel) se añade la sorpresa de la ofensiva enemiga, que adopta la forma del blitzkrieg, nueva entonces y aconsejada por los alemanes. Nosotros estábamos imbuidos de las experiencias de la anterior “guerra europea”, la de 1914-1918, que constituía la base de la enseñanza en la Escuela de Guerra de Cataluña como en todas las academias del mundo fuera de Alemania; considerábamos de otras épocas la “guerra de movimiento” con avances rápidos y profundos, e ignorábamos  que el progreso en la fabricación de ciertos armamentos (artillería ultrarrápida, carros de combate que vulgarmente llamábamos tanques) la hacían nuevamente posible. El viejo general Pozas era precisamente el autor de un libro, que todos habíamos leído cuando era jefe del Ejército del Este, que respiraba en cada página lo que podríamos definir como “ espíritu línea Maginot”. Recuerdo que al principio de su generalato en jefe recorría las posiciones  a fin de hablar con los oficiales y darnos una especie de conferencias. toda su “filosofía de la guerra” era la propia de la “guerra  de posiciones”. Era preciso sostener una posición, nos decía, a toda costa; un oficial, antes de abandonarla, se ha de suicidar. La idea era lúgubre y anticristiana pero, además, es militarmente absurda: ¿ Es que se trata de perder, además de la posición, los hombres que la defienden? Cuando una posición es indefendible, lo necesario es abandonarla a fin de salvar los hombres y el material, que podrán servir en nuevos combates pero eso, que es elemental en una concepción dinámica de la guerra, resultaba incomprensible en una concepción estática como era la de la “guerra de posiciones”, donde todo se supeditaba a la defensa de estas. Un par de años después esta estrategia inmovilista seria la causa del derrumbe del frente francés ante el blitzkrieg alemán, ensayado por primera vez en el frente de Aragón y que entretanto había vuelto a dar resultados sorprendentes en la invasión de Polonia.
La ofensiva enemiga nos había sorprendido, pues, desprevenidos, si bien no del todo. Cuando, de vuelta de mi escapada furtiva a Barcelona, llegué de nuevo a Lécera, ya me esperaba aquí la orden de reintegrarme inmediatamente al batallón porque pasaba alguna cosa, no se sabía todavía qué. En el batallón estaban preocupados  por el movimiento inusitado que se observaba desde hacía un día o dos en las posiciones de enfrente; de todas formas nadie preveía una ofensiva de tanta envergadura y acompañada  de tanta artillería y de tanta aviación. El estrépito que me despertó el 9 de marzo al romper el alba era en efecto el de la “loca”, una especie de cañones-ametralladoras, nuevos entonces, de los cuales no teníamos ni idea. Jorzapé vino a buscarme a la casa donde me alojaba; bajaba desde las posiciones y estaba pálido, consternado, el, de diecinueve años, que era valientísimo,: “Los nuestros están huyendo” me dice, “ vamos a detenerlos”. Yo ya me había vestido y le sigo montaña arriba. Por el camino me explicaba: “Estaba hablando  con uno de los tenientes y no se qué me estaba diciendo cuando, a medio acabar, una bala de cañón le ha arrancado la cabeza”. No habíamos llegado a lo alto; los nuestros bajaban desorientados y desmoralizados: “Vienen los tanques” nos gritaban. Tratábamos de convencerles que no huyesen: “¿Cómo quieres que suban los tanques por estas montañas?” “Nos han destrozado”  respondían. Ignorábamos entonces que existiesen tanques capaces de subir montañas casi verticales; eso fue, como he dicho antes, una de las sorpresas que contribuyeron al desastre.
Jorzapé, viendo que la subida me fatigaba, me dice: “Quédate aquí y espérame: me subiré a loalto para hacerme una idea de lo que pasa”. Me sienten una roca al lado de una mata de romero que iba acariciando con la mano cuando de golpe, al poner la mano, ya no encuentro la mata; una bala de cañón la había arrancado. Caían en todas partes a mi alrededor, mientras tanto Jorzapé volvía: “Los tanques están aquí mismo”. Ya habíamos llegado a lo alto y los veíamos a una distancia como de un centenar de pasos: eran muy pequeños –tanquetas– y se movían por aquel terreno tan quebrado como por una carretera. Cuando llegaron a lo alto se detuvieron como si consideraran cubierto su objetivo.
Convencido que no quedaba con vida ninguno de los nuestros, bajamos en dirección a Monforte, donde veíamos que se replegaban los supervivientes desorientados y trataban de improvisar una segunda línea de fortificaciones. Otra causa del desastre fue la falta de un sistema de fortificaciones bien construidas, como ya tenía el enemigo. Teníamos una sola línea de trincheras mientras el enemigo, como habíamos visto en los combates de Belchite, tenía tres; la Casilla de la Princesa era en efecto la tercera que asaltábamos después de haber tomado las otras. En el ataque  contra la Casilla de la Princesa, lo que nos rompió nuestra moral tanto o más que la arriesgadísima martingala del teniente enemigo, fue el hecho de encontrar todavía unas alambradas y unos parapetos; que después de haber tomado una trinchera a base de bajas nos encontráramos una detrás y después todavía otra, nos deshacía la moral y la sensación de no acabar nunca, además de ir quedando cada vez menos para asaltar la nueva trinchera que encontrábamos. Otra causa del desastre fue la falta de armamento adecuado: no teníamos nada contra los aviones  ni contra los tanques, nada para acallar la artillería enemiga. Cuando habíamos tomado una posición  como en los combates de Belchite, no había tanques ni aviones  ni apenas artillería para proteger nuestro avance con la indispensable cortina de fuego; no nos protegían nada  mas que las ametralladoras, una compañía o batallón. Los fusileros-granaderos avanzaban de cuatro en cuatro hasta  las alambradas, que debían destrozar a golpes de culata o poniendo granadas bajo las estacas o cortando los alambres con tijeras de podar, operación lenta  que se debía hacer bajo el fuego cruzado de las ametralladoras enemigas. Era en esta operación donde teníamos la mayoría de las bajas, que se habrían podido ahorrar si antes un fuego espeso de artillería hubiera barrido las alambradas.  El enemigo en cambio, no atacaba nunca sin una fuerte preparación artillera que deshacía nuestras fortificaciones, principalmente los nidos de ametralladoras; atacar como hacía ellos nos hubiera parecido la gloria.
Otra causa de la debilidad de nuestro ejército era la falta de reservas. Cuando, a costa de sangre, conseguíamos tomar  las tres líneas de fortificaciones y abrir así una brecha en el dispositivo contrario, entonces no podíamos explotar el éxito lanzando tropas de refresco por esa brecha ya que no las teníamos. Habíamos malgastado las vidas humanas por bien poca cosa; resultaba francamente estúpido y los soldados se daban cuenta. No se deberían atacar nunca  posiciones enemigas si no es con vista  a penetrar profundamente en su dispositivo; eso es lo que hacía el enemigo, que tenía siempre por encima de nosotros la superioridad de la preparación militar y de la disciplina además de armamento y reservas. En relación a la disciplina, he podido ver un ejemplo impresionante a cargo de la guardia civil durante el ataque que presencié  en la Puebla de Albortón, estando de reserva, desde Sierra Gorda: el ataque en aquella ocasión pudo ser protegido por artillería y las baterías estaban precisamente a mi lado. Con los prismáticos veía  que cuando nuestras granadas caían en la trinchera enemiga, los guardia civiles que las defendían saltaban como un solo hombre por encima del parapeto y se ponían estirados a lo largo de este y delante; nuestra batería no osaba  rectificar el tiro por miedo de tocar a los nuestros que ya avanzaban. Cuando llegaba el momento de suspender el fuego porque ya estaban  demasiado cerca de las trincheras los guardias civiles se levantaban para meterse allí otra vez y disparar con las ametralladoras; así nuestra preparación artillera había resultado inútil en gran parte. Una maniobra así solo la puede ejecutar una tropa dotada de una sangre fría y una disciplina fuera de serie, como era la guardia civil; nosotros no estuvimos nunca en condiciones de imitarlos.
Finalmente, es necesario recordar que la línea que ocupábamos las tres brigada –la nuestra y sus vecinas del norte y sur– era un “frente muerto” y por eso lo eligió el enemigo para embestirlo por sorpresa. Un frente muerto”, militarmente, apenas puede tener otra función que la de vigilancia. El alto mando republicano debería habernos mandado inmediatamente, nada mas tener noticia de la gran ofensiva fascista, refuerzos en hombres y armamento en proporción a esta. No lo hizo porque no podía, después del destrozo que había sido la batalla de Teruel.
En Monforte el comandante Domínguez y la plana mayor estaban dentro de una cueva; el rezaba el rosario en voz alta. A uno de los oficiales se le veía francamente borracho. El comandante, que era una bellísima persona, era también de aquellos que creen que el coraje se  levanta a fuerza de copas y llevaba muchas. Podía comunicarse con el comandante Invernón, jefe de la brigada, por teléfono de campaña; le iba solicitando refuerzos, sobretodo artillería, para hacer frente a tan extraordinarias circunstancias. El otro, que recibía la misma solicitud al mismo tiempo de los otros cuatro batallones de la brigada, todos igualmente desbordados por la inesperada y monstruosa ofensiva, la retransmitía al coronel Pérez Salas, jefe de la división, y este al cuerpo de ejército. La respuesta, que tardaba a bajar de las alturas del Estado Mayor, era siempre la misma. “Aguantad con vuestros medios tanto como podáis  imposible enviar refuerzos; resistid hasta nueva orden”. Desde la peña que cubría aquella cueva, donde nos habíamos dirigido Jorzapé y yo, veíamos a una distancia como de siete u ocho kilómetros a nuestro sur las columnas enemigas como avanzaban: delante iban los tanques, seguía la infantería en camiones y encima del dispositivo, protegiéndolo, volaban las escuadrillas de vigilancia.. Comprendímos que este avance en masa, muy profundo ya, había de contribuir al derrumbamiento de la brigada republicana que protegía aquel sector, una por cierto con la que teníamos  siempre una cierta rivalidad, y comentaban que si el Ejército del este fuera capaz  de acumular en el punto donde todavía aguantaban los de la 131 una gran masa de artillería, podíamos cortar la retirada a la columna enemiga y rodearla. La tarde de aquel día nos llegó un cañón del 75 con su teniente y los que manejaban la pieza. El teniente entró en la cueva y dijo al comandante “Me envía el  cuerpo de ejército con este cañón para reforzaros, pero lo he de advertir, como artillero, que un cañón solo no tiene ninguna eficacia y que lo único que conseguiremos disparando es que la artillería enemiga nos localice y nos haga harina. Comandante, estoy a sus órdenes”.

Al día siguiente, día 10, por teléfono de campaña el comandante Invernón nos ordena replegarnos al pueblo de Plenas. La causa no era otra que la brigada  que teníamos al norte se había derrumbado igual que la del sur y era necesario evitar que la nuestra quedara rodeada.
En aquellas horas tristes, el comandante Domínguez dio en todo momento ejemplo marchando detrás de todos. Durante la retirada perdimos toda una compañía de fusileros-granaderos (o lo que quedaba de ella) por un motivo fútil su capitán, que era un andaluz alto y gordo, de unos treinta y cinco años, muy eufórico, bebedor y comilón, uno de los puntales  en Estercuel de la “república del mam “, a media retirada se le ocurre que era hora de comer y manda tocar a rancho para que la tropa se sentara para hacerlo.El, en medio de los soldados, les daba ejemplo de una gana impertérrita cuando el enemigo les alcanzó. Los fascistas en aquella época ya no fusilaban a los soldados que hacían prisioneros pero si a los oficiales.Por mas que quiero recordar el nombre de este oficial, no me viene a la memoria.

Llegamos a Plenas con toda una compañía de menos y con las otras muy menguadas. Plenas tiene un alto campanario y el comandante Domínguez quiso subirse con los de la plana mayor para hacerse una idea de la situación general. Mientras tanto Jorzapé y yo habíamos reencontrado a los nuestros, los de la “metralla”, con el capitán Gordó y el teniente Torres. El otro teniente había muerto (el teniente nuevo, del que no recuerdo el nombre; Aparicio ya había muerto, de una bala en medio del frente, durante los combates  que siguieron a la toma de la Puebla de Albortón cuando se había subido encima del parapeto del nido de ametralladoras para observar mejor la posición del enemigo) Recuerdo que desde las inmediaciones del pueblo veíamos  como los escuadrones de la caballería mora venían hacia nosotros y comentábamos que si teníamos tiempo de descargar  las ametralladoras de los mulos y disponerlas en la debida forma podríamos hacerles una matanza. No sucedió; nuestros fusileros-granaderos corrían a la desbandada  y todo era un desbarajuste que ninguno lo entendía. Nosotros no sabíamos que el comandante estaba todavía en lo alto del campanario, creíamos que iba con los fusileros-granaderos y ellos dejaban  Plenas abandonada al enemigo. Después, unos escapados a última hora de Plenas nos contaron que habían sorprendido al comandante y la plana mayor en el campanario y que lo habían fusilado. Dios  lo tenga en la gloria.
Sin comandante- y sin contacto con el resto de la brigada- vamos a replegarnos, guiados por el capitán Gordó, hacia Moyuela, donde esperábamos encontrar la comandancia de aquella. Llegamos al atardecer después de habernos salvado de ser bombardeados por la aviación gracias a una niebla espesa que nos había hecho invisibles mientras atravesábamos la pelada plana.
En Moyuela estaba en efecto el comandante Invernón con algunos oficiales de su plana mayor; nos esperaba a nosotros, último batallón que faltaba por replegarse. Al lado de la carretera presenció en silencio nuestro desfile, hecho con buen orden. Ya era noche oscura. Debió de ser el último en retirarse, algunos soldados, de los veteranos, saludándolo, lloraban. Se quedó solo, con la desazón de si todavía  quedaba algún rezagado; las patrullas de exploración del enemigo lo sorprendieron y fusilaron. Dios lo tenga en la gloria.